Ángel Antonio Herrera – la Rosa y el Látigo

4 de Mayo de 2017

Pido un deseo para… Raphael

En el “deneí” de Raphael pone Miguel Rafael Martos Sánchez, pero Raphael es Raphael. Raphael siempre vuelve de noticia por Navidad, aunque ahora vuelve porque es su cumpleaños. 74 cumple el 5 de mayo. De modo que es un joven veteranísimo que no desmaya. Raphael es un villancico cuyo intérprete, de pronto, ha hecho un carrerón sin rival. Se habla mucho de la canción del verano, pero muy poco de la canción de invierno, o de la primavera, que es siempre Raphael, con su lámina de luto, con su voz de apoteosis, con su cara de chico bueno, que es también un poco malo. Le reverencian Alaska y Bisbal, y Torroja y Bosé.

Raphael es un clásico que aún anda por ahí, de gira. Tiene repertorio para estar cantando distinto de aquí a agosto. Vive en un chalé desperezado, lujoso de salones, pero ni así le caben todos los discos de oro, que me parece que son más de trescientos. Antes, daba ahí algunas cenas populosas, donde iban José Bono, María Teresa Campos y Eugenia Martínez de Irujo, entre otros. Las cosas se las maneja bajo pulso fino Natalia Figueroa, que, naturalmente, no es sólo la mujer del artista. Lo suyo parece no tener mérito, porque canta impresionante, pero sí. Una cosa es acertar con un temita, o dos, y otra hacer una carrera monumental y sostenida. Y después, incluso, de un hígado de donación. Viene de la escuela del hambre, y gasta un brillo kitsch que embelesa a los bachilleres de la modernidad. Sé que prepara sus conciertos como un marine, y se vuelve casi mudo, en esos días, para irrumpir en el escenario con la voz ampulosa de siempre, entre el niño prodigio y el setentón jubiloso. Le damos muchas vueltas a la canción del verano, que suele ser siempre una tontuna de Georgie Dann, pero la canción no de temporada es siempre de Raphael, un Georgie Dann al contrario. Un clásico.

Ojalá nunca se canse del escándalo de seguir joven”

La Rosa: Tiene estampa de elegante de Linares, y una entonación capaz de prodigio, con mucho show de “aquí estoy yo”. No vende sólo estilo. También voz.
El Látigo: Lo peor de Raphael es algo en lo que Raphael no tiene culpa: sus imitadores, que te colocan en seguida el repertorio en el Karaoke.

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20 de Abril de 2017

Pido un deseo para… Álvaro de Marichalar

Es Álvaro un cruce de piloto y océano, de cilindrada alta y mar adentro. El tío se pega kilómetros de lejanías y luego viene a contárnoslo como una hazaña, porque a lo mejor lo suyo sí es una hazaña. Lo mismo no hacemos el caso suficiente a Álvaro de Marichalar, que es un exótico ciudadano, como Jaime, su hermano, sólo que por la otra punta. Lo suyo no son las “pasminas” de París, sino la gasolina de océano. Ahora cumple 56 años, el 25 del mes en curso, y lo mismo le pilla el cumpleaños por ahí, redescubriendo Florida, en moto náutica. Se casó con la señorita rusa Ekaterina Anikieva, dejando la moto a la puerta de la capilla, que quedaba como una sirena de competición recostada en un monumento románico. Tenían la bendición de la prensa del corazón.


Le molesta que le pregunten si se ha topado con tiburones, porque le suena a cachondeíto fino o no tan fino. Todo el show de Álvaro no se toma del todo en serio, yo creo, porque va en moto y porque es hermano de Don Jaime, que va en patín. Si lo hiciera a remo, o a bordo de una carabela, su afán nos parecería heroico, pero en lo suyo parece siempre que el mérito es de la moto. O de sus apellidos de linaje. Todo esto él lo sabe, y por eso insiste en que si fuera un particular lo tomarían más en serio, y por eso, quizá, en sus ruedas de prensa no aparece nunca la moto, que tiene una gran entrevista. El proyecto de sus singladuras lo explica siempre muy de mañana, que es lo que corresponde a un deportista. He dicho deportista, y no es un desliz. También podría decir navegante, y tampoco sería un desliz. A mí no acaba de caerme mal, porque un tío que ama el mar es digno de atención, de entrada. Porque no le acaban de hacer mucho caso y porque siempre va de acelerón, con moto, o sin moto.

“Ojalá no se pierda en él la virtud de ir por la vida siempre en moto, lleve moto o no”

La Rosa: Tiene algo de hermano de travesura de Jaime de Marichalar, del que dice: “Eclipsa mi realidad”. Antes de “hermano de” prefiere el título de “El otro Indurain”.
El Látigo: Tiene gracia que esté ya de vuelta de todo, o que al menos lo parezca. Parece que se ha fugado de la familia. A ratos vive en Rusia, y otros ratos no se sabe dónde.

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