Ángel Antonio Herrera – la Rosa y el Látigo » 2018 » abril » 05

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5 de abril de 2018

“Ojalá nunca descuide el dandismo de la discreción”

Jaime de Marichalar es un hombre de retrato de óleo, y no cabe en las fotos de fiestas que le hacen. Es lo contrario a un famoso de garrafón. Fue marido de la infanta Elena, durante cinco años, y ahora es lo de siempre: Jaime Rafael Ramos María de Marichalar y Sáenz de Tejada, lo que pone en su “deneí” de hombre viajado y viajero.

En ese documento pone también que nació el 7 de abril de 1963, con lo que va cumpliendo 55 primaveras de señor que siempre lleva una pashmina, por estampa, y acaso por algún frío no ambiental sino interior. Él es hombre de pensar, que a veces es padecer, que a veces es como si llevaras un invierno dentro. A Marichalar le cuadra mucho el don, o sea, el don Jaime, por alto, y por serio o ensimismado. Vive de divorciado con sentencia de tal, y con el divorcio regresó al rango de particular, pero de particular dandi, que es como lo conocimos, antes de que se casara con la hermana de Felipe VI.

A don Jaime le sacaron de la web de la Casa Real, y le sacaron también del Museo de Cera, para llevarle a un almacén. De manera que ambas cosas nos daban la imagen de aquel Jaime, que es un poco o un mucho el de hoy, huérfano de fotos palaciegas y hasta de algunos cargos porque cesó de consorte. A Marichalar, hoy, con la que está cayendo, el gentío lo suele ver como un ejemplo de discreción, aunque le critican a veces su albedrío indumentario, que yo encuentro elogiable, incluso.

Se han dicho de él infamias, pero yo le he visto siempre muy pendiente de sus hijos y de su salud. Aguantó los chaparrones de embustes sobre las causas de su isquemia bebiendo agua mineral y no descompuso nunca el perfil quieto de una aristocracia que él lleva por dentro, tenga o no el título de duque en vigor. La elegancia es un modo de estar es un cóctel. Pero también de no estar. Él lo sabe desde siempre. Felicidades.

La rosa: Don Jaime come fuerte, no fuma y pasea una suerte de tristeza que parece ensimismamiento, o al contrario. Su mayor contento está en sus hijos. Y también su mayor preocupación.
El látigo: Lleva pulseras hippies, casi hasta el codo, y un peluco que es un alhajón. No es dandi porque vista impecable, sino porque los ortodoxos nunca dirán que va “bien vestido”.

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