Ángel Antonio Herrera – la Rosa y el Látigo » 2018 » febrero

Archivo para febrero de 2018

21 de febrero de 2018

Pido un deseo para… Joaquín Cortés

Joaquín Cortés es un macho con alas, y un gitano de la estirpe del talento, que a veces desaparece, pero siempre está ahí. Ahora lo celebramos, porque cumple 49 años el 22 de febrero.

Es Joaquín el famoso exótico que ha echado a veces sombra o despiste sobre su grandeza de artista de vocación de peligros. Si consultamos a los que saben, no sólo te subrayan sus facultades de solista, sino sus ganas de aceptar riesgos, como formar compañía durante años, y con muy firmes afanes. Se ha jugado los dineros propios, y ese show es show de abismos.

El baile flamenco es un arte minoritario y sufrido. Cortés lo aupó en su día a popularidades de mucha galaxia, sin perder la vértebra máxima de la tradición, pero metiendo vanguardia, que no es sólo la vanguardia de salir a las tablas con el pecho al aire. Armani lo tuvo de modelo único. Naomi Campbell se dio al frasco, cuando se acabó el noviazgo con Joaquín, allá por 1997. Fue la época gloriosa de nuestro artista.

Por aquellos años, puso en pie de aplausos, en Nueva York, el Radio City Music Hall, y también el City Center, que son dos templos mayores. Era cuando Joaquín ejercía de “moreno de verdes lunas”, por el mundo entero, y gastaba a veces, en las entrevistas, la chulería de los mayores divos. En algún momento, ganó cierta fama de antipático, y luego ha ejercido el cabreo quizá en exceso, porque él estuvo convencido de que el extranjero entero le entendía mejor que España.

Su sitio ha sido a veces la portada de amorío, pero él sabe que ése no es su sitio. No es sólo un guapo de látigo que gasta ropero de Armani y gafas de sol de spot. Siempre barajó novias como baraja bulerías, pero yo nunca dejé de verle como un apolo solitario de Córdoba, tan novio de sí mismo.

La rosa: La biografía de sus amores es imponente. Se remonta a Goya Toledo, o Amparo Larrañaga, sigue entre Blanca Romero y Naomi Campbell,
y llega hasta Mónica Moreno, la actual, con la que lleva más de seis años.

El látigo: A menudo aupamos a Alejandro Sanz o David Bisbal como españoles que triunfan en EE UU, pero se nos olvida Joaquín Cortés, que allí fue una figura, mucho antes.

“Ojalá exhiba más el arte que el cabreo”

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15 de febrero de 2018

Pido un deseo para… Isabel Preysler

No ve uno que Isabel Preysler tenga relevo, como gran figura de portada, y ni sus hijas, tan monísimas, pueden sucederla, porque ya vemos que la sucesión es ella misma, que de pronto enamora a un Premio Nobel, o bien se aparece en un cóctel, como la reina finísima de lo suyo, que es la fama porque sí. Isabel es mucha Isabel. La Preysler es La Preysler. Es, Isabel, el naipe primero de la baraja de mujeres archifamosas, y el 18 de febrero cumple 67.

Isabel, si miramos las hemerotecas lejanas, traía el ‘photoshop’ incorporado, por joven oriental, y con los años logró el más difícil todavía de la distinción mayor, o la elegancia infalible. Ella misma ha definido bien la distinción al responder un día que lo primero que ha de hacer una elegante es no creerse elegante. Estamos, además, ante una elegante con titulación, porque sale siempre campeona en las encuestas al respecto, que ensalzan su estampa de mujer de línea y su acierto de túnica holgada lo justo.

Hubo épocas en las que no salía de una portada, que no es lo mismo que salir en una portada. Pudiera llegar a pensarse entonces que tan fina mujer no existía, pero luego resultó que se divorciaba de Carlos Falcó, se casaba con Miguel Boyer, y hasta salía a algún cóctel como una extranjera que vive en Puerta de Hierro.

Isabel ha sido imbatible en el amor, pero no ha sido mujer de novios, sino de maridos ilustres y de vitola diversa, desde Julio Iglesias a Mario Vargas Llosa. Y citamos a Vargas Llosa como marido, porque aunque no sea marido de papeleo, lo viene siendo a todos los efectos. Son un Premio Nobel de pareja. Preysler tuvo, entre Boyer y Llosa, alguna temporada de viuda de sí misma, pero se aupó desde la pena, y ahí está, poniéndose y quitándose túnicas de museo, de gira por el mundo, porque ella tiene también ya un algo o un mucho de esbelta señora museal.

La rosa: Tienen Isabel y Mario muchos años, pero le han metido al panorama un alegrón de consortes inesperados, y encima van de la mano, en público, como los tórtolos de poca edad.
El látigo: Sus hijas (aquí las pequeñas, con ella y Julio José) han heredado una belleza pulcra y fina, que es la suya, pero les falta todavía su elegancia, que es un valor que sólo dan los años, ricos de indiferencia y divorcios.

”Ojalá salga más, porque es una estampa de la distinción”

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