Ángel Antonio Herrera – la Rosa y el Látigo

16 de mayo de 2012

Un funeral y una boda muy fúnebre

La vida, que es irónica, ha reunido en los días la boda de Telma Ortiz y el funeral del padre de Iñaki Urdangarín. La vida es una mitad de champán, y otra mitad de pena, y nunca se sabe qué mitad toca.

Telma se ha casado con Jaime del Burgo Azpíroz, en una ceremonia secreta que habría sido la gran noticia sorpresa del año, si esta revista, en exclusiva, no hubiera dado el campanazo de alerta, hace nada. Dicen que los hermanos del novio se enteraron al detalle de la celebración sólo un rato antes. Luego, todo se hizo verdad en el monasterio de Leyre, en Navarra, bajo una intimidad de siete familiares.

Telma ha cumplido, además del obvio deseo de casarse, su afán por llevar una vida oculta, sólo que es oculta hasta que deja de serlo. Estamos hablando de la hermana de la princesa Letizia, y ese vínculo supone inevitablemente “proyección pública”, por explicarlo en palabras de la juez que, hace años, desestimó la solicitud de Telma de no ser fotografiada. Perdió por goleada.

Puede comprenderse que alguien como Telma aspire al “vivir oculto”, que aconsejaban los clásicos. Telma y, por supuesto, su reciente marido. Éste, por cierto, ya ha hecho causa común con su esposa desde un artículo, en “El Mundo”, experto también en noticias de celebridades, donde atribuye a la prensa rosa o crónica social un funcionamiento de mafia, con empleo de “métodos criminales en la consecución de sus objetivos”. Nos brinda, además, la noticia de que residirán en el extranjero, a la búsqueda de un “punto y final” a una vida de acoso que no es vida.

Pues muy bien. Pero con la ley en la mano, sabemos que Telma y su pareja tienen “proyección pública”. No hemos tenido el álbum de fotos de la alegría nupcial de los contrayentes, y sí, por contra, la escena familiar del luto de Urdangarín, la infanta Cristina y sus hijos despidiendo al padre del duque de Palma. Unos días hay boda. Otros velatorio. Eso es la vida, que acaba de dar sus dos caras contrarias con protagonistas de familia política. Eso es esta crónica. Una sincera enhorabuena. Y un pésame. Igualmente sincero.



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10 de mayo de 2012

El concierto Party

Lo de Enrique Iglesias en Madrid ha sido más bien un concierto party, un cruce de repertorio de canciones y guateque vip donde el grueso de famosísimos lo ponía la familia propia. A saber: mamá Preysler, Tamara Falcó y Ana Boyer. Luego, Rafa Nadal y Fernando Verdasco remataron la grada de oro, que era un poco o un mucho un photocool, pero con música de animación en directo.

Yo creo que ya estamos en condiciones de apuntar que Enrique ya no es el hijo de su padre, artísticamente hablando, sino Julio el padre de Enrique. O al menos que van a la par, porque el retoño, que es un atleta de escenario, ya brilla a pelo, sin auxilio de apellido, aupado sólo de su nombre, Enrique, que es un chico de triunfo en el mercado Latinoamericano y también en éste, según comprobamos de cerca la otra noche.

Puedo dar fe, desde sitio muy próximo, que Enrique se ha venido trabajando su estrellato como un soldado, y que en persona resulta más encantador y hasta cálido que lo que propone a veces su figura pública, entre huidiza o encumbrada y un poco pija de Miami.

Llevaba más de diez años sin dar un concierto en Madrid, y cumplió con trueno de éxito, porque ya digo que la cita resultó entre musical y social. Hasta se dirigió al entregado auditorio en español alegre, varias veces, y sus dos hermanas se pasaron la noche de gogós de grada, las dos monísimas de ir más bien a la hípica antes que a un concierto pop, eso sí.

La Preysler fue la Preysler, fiel a la distinción sin rival de siempre. Lo dice un lema que le va como a ninguna otra: “Quizá habré cometido errores en esta vida, pero nunca el de cambiar de estilo”. Pues eso.



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